
A veces en estas noches que el verano se quiere llevar para otras latitudes me gusta estar en silencio absoluto y dejarme inspirar por las palabras que me cuentan los otros, esos que se cruzan inconscientemente a mi paso y hacen huella y borran espantos…
Camino charcos de estrellas, pisoteo un poco el lado oscuro de la luna y siembro un par de barriletes en el cielo para que del otro lado alguien los encuentre y juegue con ellos.
Miento un poco frente a las iglesias para luego arrepentirme y buscar perdones que siempre son necesarios para lavar las verdaderas culpas.
Mastico las dudas más filosóficas para luego rechazar cualquier explicación de las mismas, cuando los borrachos intentan revelar los secretos inconfesables.
Bebo el elixir del aire contaminado que intenta partir cuando los fantasmas de la noche realizan su limpieza y me sumo a la nube de perdidos que deambulan callados y sin ningún destino fijo.
A veces soy más Urbano que yo mismo y dejo que las historias penetren mi cuerpo, escucho con obsesión, con placer, hasta encontrar el punto exacto donde la verdad se mezcla con los aderezos necesarios para que nadie olvide la esencia de lo que no fue y quiso ser…
Escribo cartas invisibles en los bancos de las plazas para que alguien, algún día las encuentre, para el que nunca llegó y a quien, de algún modo, sigo esperando...
Me dejo leer los destinos por las gitanas atrevidas que dicen conocerme de otras vidas y elijo los futuros más promisorios, porque a determinadas horas nocturnas hay demasiada oscuridad como para encontrarse con un porvenir negro.
Hablo con mi sombra, que cuando se aburre de mis charlas parte a dar paseos con los taxistas noctámbulos, esos que escuchan amplitud modulada y huelen a cigarro húmedo.
Descubro estatuas desaparecidas que se resisten a permanecer en el olvido y transito el camino de vuelta de los arrepentidos, sembrado de excusas, lágrimas falsas y discursos adecuados, pero poco sentidos.
Me paro en las esquinas de las señoras de la noche y les alquilo un poco los sentimientos para saber qué pasa con sus cuerpos y las caricias que nunca surcan sus pieles, intento adivinar el listado de clientes preferidos y odio a todos aquellos que las hieren por hacer de sus cuerpos lo que quieren.
Me hamaco un rato en algún baldío, dejo que la luna me busque y me resisto a ser encontrado cuando las lágrimas caminan mi rostro a paso lento y torturante.
Inhalo la menta que llega de las macetas de los balcones y coloco un trozo de chocolate debajo de la lengua para resistir la ansiedad de ser abrazado y escuchar palabras de amor, que a determinada hora siempre son necesarias y curan cualquier dilema existencial.
Leo el fuego de las miradas intensas, pero escapo cuando me quieren quemar.
En la intensa línea de los abismos me paro a buscar el equilibrio que pocos se atreven a caminar y juego, cual niño, a intentar no caerme, aunque no siempre lo logro, lo que implica rodillas peladas y lágrimas que muerden el orgullo.
Descifro los mensajes de las estrellas, que continuamente cambian de opinión y regalo mi mejor sonrisa a los desconocidos que me cruzan con intenciones de nada.
Grito en silencio y corro lentamente por el espacio, que lo siento absolutamente mío, la libertad es tan sencilla que se puede abarcar en una mano y vibrarla en todo el cuerpo…
Amo las noches así, que se van de a poco, calladas, que sacan mi locura poética y que me atraviesan como si todo fuera un sueño que al amanecer acabaKRIZ...
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